Esta mañana me ha despertado el olor a café recién hecho que ha preparado mi novio. Era aún pronto para levantarme y me he dado una vuelta en la cama. Cuando ha venido a despedirse de mí, con un beso suave y silencioso, seguía adormilada, pero he pensado que un día que empezaba así, tenía que ser un gran día.

 Un día que comienza con el olor a las tardes de sábado, de película de indios y vaqueros, de sofá y familia, que es como recuerdo mi infancia, tiene que ser el preámbulo de una jornada especial.

 Recibir un beso a las 6:20 que sin hablar te dice, que nos vemos luego, que pases un buen día, que tengas cuidado si coges el coche que está lloviendo, es un beso que te apacigua el alma.

 Las 7:00, me levanto de la cama y doy gracias tres veces, por lo que tengo y por lo que está por venir. Subo la persiana. Llueve, ya me lo había dicho el beso. Me preparo un café en una taza que traje de un viaje a Londres. Siempre elijo mi taza de desayuno dependiendo de cómo me encuentre o cómo me quiera encontrar. Hoy toca Londres, porque llueve, porque me encanta la ciudad y porque tengo que estudiar inglés y así me voy ambientando.

 Antes de salir a la calle me pongo mis botas de agua, no tenía unas desde que era pequeña… Me prometo a mí misma pisar con fuerza al menos dos charcos antes de coger el autobús. ¿Para qué quiero las botas si no piso charcos?

 He quedado con mi amiga Marta en una cafetería, mientras la espero aprovecho el ratito para escribir este post. Son sólo las 9:30 y me he despertado con el olor del café y un beso, llueve como en Londres y he pisado tres charcos. Además aquí llega Marta, y trae una sonrisa.

 Lo sabía, va a ser un gran día.