Alguna vez me he preguntado qué queda de nosotros cuando morimos. Aparece la muerte sigilosa, reptando y en silencio demasiadas veces. No deja ni medio latido para que termines aquello que empezaste, ni para que visites esa ciudad con la que sueñas desde que aquella película te hizo llorar.

 

Pocas cosas hay tan seguras en la vida como que vamos a morir y sin embargo vivimos como si no fuese con nosotros. Nos emborrachamos de televisión y enfados sin darnos cuenta que cada sorbo nos hace distanciarnos de lo que nos importa.

 

He decidido no perderme en bosques absurdos del qué dirán, si los demás no van a morir por mí cuando me llegue la hora, tampoco voy a dejarles que vivan por mí. He escuchado muchas veces echar culpar a padres, hijos o parejas por no haber hecho esto o aquello y he de confesar que yo misma he pensado así en alguna ocasión. Pero el pensamiento mágico que me permite avanzar es la aceptación de lo que ahora es y la responsabilidad de estar donde estoy. Sin culpas, sin penas, sin vivir en el “que hubiese sido de mi vida si…”. Si algo no me gusta lo cambio y si ya no puedo, lo acepto y lo quiero, porque si alguien me quitó la idea o la ilusión fue porque yo no estaba segura y porque en definitiva, haber sido débil entonces me hace fuerte ahora.

 

También he decidido que no siempre decir lo que pienso es necesario. Los demás tienen derecho a cometer sus propios errores, a tomar sus caminos y a decidir que quieren escuchar. Sé que si soy capaz de cumplirlo ganaré mucho tiempo para invertir en mi propia vida.

 

Me ha costado muchos años pero ha llegado el momento de desprenderme de la pereza, o mejor dicho, de la procrastinación. Me despido de ella después de muchos disgustos a cuenta de dejar para el último momento lo improrrogable. Siento que he aprendido una lección de vida cuando no dejo para otra ocasión lo que puedo hacer ahora. ¿Cuántos besos se habrán quedado sin dar y cuántos paseos sin disfrutar? ¿De qué te arrepentirás al final de tu vida?

 

Creo que de nosotros quedan las palabras, los detalles, las sonrisas… Todo lo que ahora, tal vez, nos pueda parecer efímero, aíre o pasajero. Dicen los que ya han vivido mucho que la vida pasa cada día más rápido, que es fácil perderse entre trabajo y obligaciones autoimpuestas, centrarse en ganar dinero y olvidar para qué lo querías. Cuentan que los amigos mueren, los hijos se van de casa y un día te sientes solo con tus recuerdos. Cuando atesoras vivencias hermosas te hacen compañía, cuando en tu lista de los deseos aún queda mucho por tachar, la soledad te entra por los pies como frio seco de un invierno en Madrid.

 

Te deseo y me deseo una vejez con el corazón cálido, en compañía, con muchos deseos cumplidos y con ganas de seguir repartiendo palabras, detalles y sonrisas.