Dice un cuento tailandés que en un altísimo lampati, unos de los árboles más majestuosos y viejos de Tailandia, vivía una comunicad de luciérnagas. Cada anochecer, cuando todo se quedaba a oscuras, todas las luciérnagas abandonaban el árbol para llenar el cielo de destellos. Jugaban a hacer figuras con sus luces bailando en el aire para crear un sinfín de centelleos brillantes y espectaculares. Pero entre todas las luciérnagas que vivían en el lampati había una muy pequeñita que no le gustaba salir a volar.

Toda su familia estaba preocupada por la pequeña luciérnaga, ellos se lo pasaban tan bien brillando en la oscuridad que no entendían por qué la pequeña luciérnaga no les acompañaba nunca.

Un anochecer, cuando todas las luciérnagas habían salido a volar, la abuela luciérnaga se acercó a la pequeña y le preguntó con delicadeza:

-¿Qué te sucede, mi pequeña niña? ¿Cuál es la razón por la que nunca quieres venir a volar e iluminar la noche con nosotros?

– No me gusta volar!!- respondió la pequeña- ¿para qué he de salir si con la luz que tengo nunca podré brillar como la luna? La luna es grande y brillante y yo a su lado no soy nada, no soy más que una ridícula chispita.

– Ay, mi niña!! hay una cosa de la luna que desconoces. La luna no tiene la misma luz todas las noches, hay noches en que está radiante, en cambio otras se esconde, su brillo desaparece y deja al mundo sumido en la más profunda oscuridad. La luz de la luna depende del sol, en cambio tú, pequeña, siempre brillarás con la misma fuerza, lo harás con tu propia luz.

A partir de entonces la pequeña luciérnaga salió cada noche a volar con su familia. Y así aprendió que cada uno ha de brillar con su propia luz.

 

Y hoy me pregunto si es posible, qué a fuerza de esconder nuestro brillo, lleguemos a olvidarnos de que poseemos luz propia.